«Quien nunca ha creado y dirigido una empresa no puede conocer realmente la soledad del empresario.»
Esta soledad no aparece únicamente cuando surgen las dificultades. No empieza con una caída de la actividad, un problema de tesorería o la marcha de un colaborador. Está presente desde el origen, en el momento exacto en que una persona decide transformar una idea en una empresa.
Antes incluso de tener una forma jurídica, clientes o facturación, el creador se encuentra solo ante una primera decisión: ¿debe realmente lanzarse?
Puede consultar a sus allegados, reunirse con un asesor contable, acudir a un banco o escuchar los consejos de otros empresarios. Puede recibir apoyo, acompañamiento y ánimo. Pero nadie puede asumir el riesgo en su lugar. Nadie puede garantizarle que su idea encontrará su mercado, que llegarán los clientes o que los ingresos permitirán vivir de la actividad.
La soledad empieza ahí: en la distancia que separa los consejos recibidos de la decisión que, al final, tendrá que asumir en solitario.
Creer en lo que todavía no existe
Al principio, el creador de una empresa suele ser el único que ve con claridad lo que quiere construir. Tiene que creer en una actividad que aún no existe, defender un proyecto que todavía no ha demostrado su viabilidad y convencer a interlocutores que, legítimamente, piden garantías.
Debe explicar, tranquilizar y volver a empezar. Encontrar a los primeros clientes. Conseguir financiación. Elegir una forma jurídica. Invertir sus ahorros. A veces, renunciar a la seguridad de un salario regular.
Durante ese periodo, la duda es permanente. Una idea puede parecer evidente por la mañana y frágil por la noche. Sin embargo, el futuro empresario debe seguir avanzando y mostrar una confianza que no siempre siente en su interior.
Se habla mucho del valor de emprender. Se habla menos de la carga mental que acompaña cada decisión cuando nada está todavía asegurado y cualquier error puede tener consecuencias personales.
Rodeado, pero solo ante la decisión
Cuando la empresa empieza a funcionar, la soledad no desaparece. Simplemente cambia de forma.
El empresario puede estar ya rodeado de empleados, socios, proveedores y clientes. Participa en reuniones, recibe llamadas y conversa durante todo el día. Sin embargo, sigue estando solo ante las decisiones más sensibles.
Los empleados esperan estabilidad. Los proveedores quieren cobrar. Los clientes exigen respuestas. Las entidades financieras piden garantías. Cada uno ve una parte de la situación.
Quien dirige la empresa, en cambio, debe cargar con la totalidad.
A menudo tiene que tranquilizar a los demás antes de poder expresar sus propias inquietudes. Debe marcar una dirección incluso cuando el futuro sigue siendo incierto.
Puede escuchar todas las opiniones, pero no puede delegar la responsabilidad final.

La paradoja del reconocimiento
Nuestra sociedad celebra de buen grado el espíritu emprendedor. Fomenta la creación de actividad, la innovación y el empleo. Sin embargo, el dirigente de una pequeña empresa o de una pyme sigue siendo visto a menudo con desconfianza cuando sale del marco de su empresa.
Para un banco, un arrendador o determinados organismos, no siempre representa primero a un creador de valor. Se convierte antes que nada en un perfil con ingresos variables y una situación que parece más difícil de evaluar que la de un asalariado.
La paradoja es evidente. Una persona puede crear su propio empleo, dar trabajo a varias personas, pagar cotizaciones, asumir riesgos y contribuir directamente a la economía. Aun así, tendrá que justificar una y otra vez su estabilidad, su solvencia y la continuidad de su actividad.
Esta prudencia no responde necesariamente a una voluntad de perjudicar a los empresarios. Los bancos y los organismos aplican sus propias reglas de evaluación del riesgo. Pero esos criterios reconocen con mayor facilidad la regularidad de una nómina que el valor de una empresa, la experiencia de quien la dirige o su capacidad para superar las dificultades.
Una soledad que no se ve
La soledad del empresario es aún más profunda porque permanece en gran medida invisible.
No se manifiesta necesariamente mediante un aislamiento físico. Aparece en las noches dedicadas a buscar una solución, en las decisiones aplazadas por falta de certeza, en el temor de no poder cumplir un compromiso o en la obligación de mantenerse firme para no transmitir la inquietud al equipo.
También existe cuando las dificultades profesionales entran en la vida personal. Para quien crea una pequeña empresa, la frontera entre ambas suele ser frágil. La empresa concentra su energía, su dinero, su tiempo y, a veces, una parte de su identidad. Una dificultad económica nunca es, por tanto, únicamente un problema contable.
¿Cómo reconocer una fragilidad cuando todos esperan del empresario que sea quien aporte las respuestas?
Reconocer antes de aconsejar
Reconocer que dirigir una pequeña empresa o una pyme exige una implicación permanente. Reconocer que la libertad de emprender tiene como contrapartida una responsabilidad cuyo peso rara vez es visible desde fuera.
Quien crea una empresa no pide ser admirado ni quedar al margen de las reglas comunes. Pide simplemente que su contribución, sus riesgos y su realidad se comprendan con mayor justicia.
Porque detrás de cada empresa, incluso de la más pequeña, hay una persona que un día decidió creer en algo que todavía no existía.
Desde aquel primer día, avanza rodeada de numerosos interlocutores, pero con una certeza: cuando llegue el momento de decidir y asumir, siempre se encontrará, de alguna manera, sola…
